Plan de gobierno para recuperar el futuro 2021 - 2025

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Bienvenido a la Democracia 3.0

Esta propuesta está basada en el Plan de Gobierno 2021-2025 presentada al Consejo Nacional Electoral por el binomio Andrés Arauz – Carlos Rabascall. El propósito de esta Wiki es profundizar la propuesta entre todas y todos, encaminada a construir nuestro Plan Nacional de Desarrollo para recuperar el futuro.


¡Retornarán los días de gloria, para volver a tener futuro!

¡Declaramos la emergencia por la vida, las justicias y la democracia!

La década de la igualdad 2007-2017 generó un camino de esperanza. No obstante, el neoliberalismo intenta obstruir la posibilidad de que el pueblo ecuatoriano construya su propia historia. El morenismo quiere lapidar la viabilidad de imaginar un futuro: todo es añoranza y puro presentismo porque se vive para sobrevivir.

Por eso hay que insistir: la crisis actual no es inevitable. En Ecuador las personas no mueren por el coronavirus, mueren por el neoliberalismo. Mueren porque tienen que escoger entre el hambre segura o el riesgo de enfermarse buscando el sustento en la calle. Mueren cotidianamente, poco a poco, porque son despedidas repentinamente o tienen que cerrar imprevistamente sus pequeños negocios; porque no pueden estudiar ni alimentarse adecuadamente; porque no pueden cobrar sus pensiones ni acceder a los servicios de salud; mueren porque, en medio del encierro forzoso, se propaga el temor que alimenta la violencia dentro de los hogares.

El coronavirus es eso, ni más ni menos: un virus; pero la enfermedad real, el peligro mayor, es un gobierno indolente y corrupto que relega al pueblo porque tiene otras prioridades. En lugar de pagar a los servidores públicos, en especial a las y los profesionales de la salud, prefiere pagar por adelantado a los acreedores de la deuda externa. En lugar de construir hospitales para atender la emergencia sanitaria reparte los fondos públicos como botín político para la partidocracia. Se roba el dinero de los pensionistas del seguro social para comprar supuestas lealtades dentro de una Asamblea corrupta. Se roba el dinero de la emergencia sanitaria con sobreprecios en compras públicas para combatir el virus. Se negocian carnés para personas con discapacidad sin que califiquen para ello. Se desfinancia la educación pública, tanto escuelas como universidades, al mismo tiempo que se rebajan los impuestos a las grandes fortunas del país. Se facilita la contratación irregular, sin seguro social, y los despidos intempestivos, sin liquidación, induciendo así a la explotación de las trabajadoras y trabajadores. Y no se puede olvidar que este gobierno aún no ha investigado los escándalos de corrupción en torno al núcleo presidencial denunciados en el conocido caso INApapers.

La crisis tiene, por tanto, sus beneficiarios y sus damnificados. En el último año 643.420 personas se quedaron sin empleo en Ecuador. La pobreza (ingreso mensual menor a USD 84,83 a diciembre 2019) aumentará del 25,7% al 31,9% y la pobreza extrema (ingreso mensual menor a USD 47,80) del 7,6% al 11,6% (CEPAL). En los últimos tres meses, 270 mil personas dejaron de aportar al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), por el desempleo. Hoy la tasa de desempleo es del 11,6% para los hombres, y del 15,7% para las mujeres. Y solo tres de cada cinco niños pueden estudiar porque el resto no tienen acceso a internet.

El único argumento del neoliberalismo para imponer estas medidas es que la crisis es inevitable: no hay alternativa. Pero esto es falso. Recordemos que el discurso antes de 2007 era similar, y el principal logro de la Revolución Ciudadana durante la década ganada fue recuperar la esperanza de un país acostumbrado a no tener sueños. El neoliberalismo había obligado a las grandes mayorías a aceptar vivir en condiciones de miseria, de explotación, de despojo; y las expectativas eran tan bajas que se cumplían muy rápidamente las mínimas metas de supervivencia.

Con la Revolución Ciudadana se dignificó la política recuperando su significado más esencial: como traducción de la voluntad popular. Así se recuperó el orden institucional, se democratizaron los derechos, se (re)distribuyeron los ingresos y la riqueza. Todo lo cual permitió que la sociedad se vuelva más justa, libre e igualitaria; poniendo siempre en primer lugar a las y los excluidos, los pobres y los trabajadores.

La hoja de ruta para el cambio fue la Constitución de 2008, que se redactó colectivamente y con una enorme participación ciudadana, como nunca antes en la historia, sobre la base del mandato constituyente de un ideal regulativo, la utopía de la Sociedad del Buen Vivir; la Sociedad del Sumak Kawsay. La ratificación, por primera vez en la historia del país, de una Constitución a través de una consulta popular era la ratificación del deseo de querer vivir juntos y construir este porvenir compartido.

Pero romper las estructuras subjetivas y objetivas, institucionales y materiales del neoliberalismo no se hace de la noche a la mañana. Peor aún superar siglos de colonialismo y patriarcado. El proceso debe ser continuo y sistemático, corrigiendo los errores o los problemas que se presenten en el camino. Planificar, construir y destruir para volver a edificar son parte de un ejercicio no lineal. Pero las dificultades mayores no son los obstáculos del recorrido; en la transición en que muere lo viejo y surge lo nuevo hay fuerzas (nacionales e internacionales) que se resisten al cambio, que intentan mantener el statu quo del privilegio neoliberal. Pero si la sociedad del privilegio prevalece, la sociedad del buen vivir muere.

Por eso debemos estar conscientes que la crisis tiene sus beneficiarios y sus damnificados. Los beneficiarios del statu quo proclaman el regreso a la “normalidad”, pretenden seguir lucrando de los dineros públicos consumiendo al Estado, proclamando que es un Estado “obeso” y debe “enflaquecer”. Por medio de una preclara dieta: en estos mismos momentos, se prepara la privatización del Banco del Pacífico, de Seguros Sucre; de las hidroeléctricas (Sopladora, Manduriacu, Ocaña, etc.) y los activos petroleros (la Refinería de Esmeraldas, la fusión de Petroecuador y Petroamazonas, la preventa de petróleo); de la Corporación Nacional de Telecomunicaciones y de los medios públicos; así como el reparto discrecional del espectro radioeléctrico, etc. Estos intentos de expropiar el patrimonio público y desmantelar los sectores estratégicos del Estado van de la mano con los compromisos de cumplir la agenda de austeridad del Fondo Monetario Internacional. Acciones que parten de una estrategia de manos atadas para estrechar el margen de maniobra del próximo gobierno.

Pero esto no ha sido suficiente: la partidocracia también se ha empeñado en coartar la posibilidad de alternativas democráticas. La reforma constitucional del 2018 destruyó el Estado de Derecho y la democracia. Mediante procesos ilegales y corruptos de destitución de los miembros del CPCCS y las autoridades de control en funciones, la evaluación y posterior destitución de jueces, del Fiscal General del Estado y de los magistrados de la Corte Constitucional, se ha instalado un sistema judicial y de autoridades de control obsecuente al poder de turno y una corte Constitucional que, lejos de cumplir su rol de garante de la Constitución, se ha convertido en un organismo de interpretación constitucional para legitimar acciones criminales de quienes detentan el poder.

Luego de destruir la institucionalidad de la democracia, mediante la cooptación y la división la partidocracia se encargó de destruir al Movimiento Alianza PAÍS, la organización política más grande y representativa del Ecuador. Como no bastó con esto para acallar las voces críticas, persiguieron a los líderes y a los asambleístas del Movimiento imputándoles cargos de terrorismo y rebelión contra el Estado, por presentar alternativas al orden neoliberal. Y durante todo este tiempo, de manera sistemática y persistente, acosaron y hostigaron a Rafael Correa buscando su muerte política con causas judiciales espurias; porque saben que sigue siendo el líder más importante y representativo del país, que ganaría unas elecciones democráticas libres… y esto les da temor. Por eso en Ecuador el día de hoy no vivimos en democracia, sino en un régimen autoritario que, en el fondo, es el único conciliable con el neoliberalismo imperante.

Pero no es necesario un terremoto para derrumbar un gigante con pies de barro. El día de hoy el dogma neoliberal tambalea en todo el mundo porque frente a la epidemia incluso los gobiernos más ortodoxos tienen que recurrir al Estado para asumir su rol de protección social, activando los sistemas de salud pública y seguridad social; se aplican programas de reactivación, estímulos fiscales y facilidades de crédito. Las circunstancias de crisis nos muestran con crudeza los límites del neoliberalismo y evidencian como nunca antes la necesidad social de los bienes públicos y comunes. Evidencian la necesidad imperiosa de otro mundo posible, más allá del dogma neoliberal. Por eso estamos urgidos y obligados a inventar otro modelo, ecológico-social-económico-político-cultural, que ponga en el centro a la vida, a la igualdad y la justicia, a la armonía con la naturaleza.

No obstante, en Ecuador el gobierno morenista va a contramano de la historia. Al mismo tiempo que las autoridades de salud anuncian que ya no hay camas disponibles en terapia intensiva y la curva de muertes sigue creciendo (hasta el viernes 18 de septiembre: 124.129 casos confirmados y 11.044 fallecidos, según datos del MSP), el presidente Moreno sentencia un ajuste de USD 4 mil millones del gasto público, y pretende comprometer al país en un nuevo acuerdo de largo plazo con el FMI para así dejar al próximo gobierno maniatado.

¿Por qué? Porque en Ecuador el capital de los acreedores que demandan el ahorro de los fondos públicos (para llenarse sus propios bolsillos, se entiende) es más importante que la vida de los ciudadanos. El neoliberalismo es la enfermedad que pretende curar. Solo así se puede entender que el presupuesto de USD 353 millones del Plan de Salud de 2017 se redujera a USD 302 millones en 2018 y a USD 186 millones en 2019. A la par que se detuvo la construcción de hospitales (la partidocracia se repartió el dinero, como es de conocimiento público), en el año 2019 hubo un despido masivo de más de 3 mil médicos. Y a los que quedaron se les redujo su salario: los internos rotativos de los hospitales públicos pasaron de recibir USD 591 a USD 394. Este es el retorno a la “normalidad” que nos proponen: el retraimiento de la autoridad pública y el imperio salvaje del neoliberalismo más crudo.

En esto resulta evidente que para que el neoliberalismo funcione con “normalidad” necesita hombres y mujeres sumisos. El encierro de la cuarentena, el desempleo y la falta de educación, son circunstancias perfectas para esta condición. También el aislamiento y el silencio, porque el credo neoliberal solo demanda que se cumpla el mandamiento de consumir más y más. Necesita hombres y mujeres que, a pesar de sus cadenas, se sientan libres, no sujetos a ninguna autoridad ni principio; que, sin embargo, estén deseosos de ser conducidos, de hacer lo que se espera de ellos y de encajar en la máquina social sin fricciones. Que puedan ser guiados sin fuerza, sin líderes, arrojados sin propósito hacia adelante, sin detenerse a pensar ni cuestionarse nada a fondo. ¿Cuál es el resultado? Los seres humanos son alienados de sí mismos, de otros seres humanos y de la naturaleza. Aceptan la normalidad como una necesidad fatal, inescapable.

Pero es posible también otra respuesta por parte de los damnificados de la crisis: oponerse a la falsa necesidad que proclaman sus victimarios, convencer(se) de que la historia puede cambiar, que volver a la “normalidad” no es inevitable. Que los seres humanos tenemos la imaginación y las capacidades para inventar y darle forma a nuestro futuro. Reconocer que la historia de la humanidad, vista como un todo, puede entenderse como una serie de victorias conscientes sobre las fuerzas ciegas del determinismo.

Nosotros somos esos rebeldes, los insumisos que se oponen a la falsa necesidad del neoliberalismo: somos los damnificados, somos los indignados y ofendidos por el determinismo neoliberal. Somos quienes creen, contra el dogma oficial, que sí hay alternativas. Somos los que, por experiencia propia, saben que la profundidad y la fuerza del carácter humano se define mejor en sus reservas morales. Porque la dimensión ética de las personas se revela completamente cuando son expoliadas de sus condiciones de vida: cuando nos quitaron nuestros empleos, la educación y la salud, nuestras pensiones y hasta la posibilidad de elegir una alternativa democrática; cuando quisieron quitarnos todo, también nos quitaron el miedo y entonces acudimos a nuestras reservas morales.

Las primeras batallas de esta lucha sucedieron en las manifestaciones de octubre de 2019, reprimidas con violencia desmesurada por parte del Estado: 11 fallecidos, 11.092 detenidos, 1.340 heridos y 12 personas con heridas permanentes (Fuente: Defensoría del Pueblo). Ellos son parte ya de la memoria histórica contra la injusticia en nuestro país: si ahora entramos a la lid electoral es precisamente para honrar y dar continuidad a esta larga e incansable lucha por la vida, la democracia y la justicia. Porque las víctimas del neoliberalismo aún no pesan suficiente en la conciencia endeble de un gobierno corrupto e impotente: al cabo Moreno, en su debilidad, ha cedido a los grupos de presión tradicionales y ha incumplido los compromisos adquiridos con los movimientos sociales. Recordemos también que precisamente Moreno llegó al gobierno en 2016 con un programa de izquierda, que fue traicionando paulatinamente hasta adoptar el programa neoliberal de la derecha, derrotado electoralmente. Por eso ahora, más que nunca, debemos estar conscientes de que los políticos de turno no cumplirán ningún compromiso democrático, ni atenderán de ninguna manera a la voluntad popular, sino somos los propios ciudadanos quienes tomamos las riendas del poder.

De ahí se deriva la necesidad urgente de sumar a la resistencia y las movilizaciones la fuerza electoral. Solo la suma electoral permitirá acceder al Estado para así recuperar la democracia. Por eso saludamos todos los frentes y las iniciativas progresistas, e invitamos a las y los trabajadores y sus organizaciones, a los movimientos y organizaciones comunitarias que han surgido frente a la ausencia del Estado, a los movimientos culturales y de trabajadores precarizados que no se encuentran sindicalizados, y a toda la ciudadanía en general, para construir agenda en defensa de la vida, las justicias y la democracia.

Porque el virus del neoliberalismo solo se curará con la vacuna de la unión por la esperanza. Sufrir nunca es necesario, pero todo sufrimiento tiene una lección: hoy más que nunca reivindicamos la certeza de que lo que mantiene viva la democracia no es el poder, la fortuna o la ambición, sino esta necesidad insaciable de justicia, que no tiene precio porque es real e infinita. Por eso ahora presentamos las siguientes propuestas al Ecuador, ordenadas en ejes programáticos de once justicias, como un aporte para iniciar un diálogo colectivo amplio que nos permita recuperar el futuro y la democracia que anhelamos:

Referencias

  1. Fuente: INEC, ENEMDU.
  2. Valores constantes a precios del 2010.
  3. Fuente: Banco Central del Ecuador.
  4. Fuente: Base de datos del Banco Mundial.
  5. Fuente: Banco Central del Ecuador.
  6. Fuente: Base de datos del Banco Mundial.
  7. Ibidem.
  8. Fuente: CEPAL (julio de 2020), Informe Especial No. 5 COVID-19.
  9. Valor previo a la renegociación de la deuda